miércoles, 16 de mayo de 2012

La fotografía de Vladimir Artazov


¿Cómo representar el quehacer diario del género humano? Dicho de otra forma ¿De qué manera podríamos reproducir en un objeto inanimado todas ese cúmulo de emociones, de sentimientos, costumbres, necesidades, dichas, placeres y miedos propios del hombre? El fotógrafo checo Vladimir Artazov pareciera tener una muy buena respuesta a dicha interrogante, pues hace de un simple clavo o un objeto de metal el receptor de todas esas sensaciones tan “complicadas” que alegamos propias del género humano.
 







martes, 15 de mayo de 2012

Amargo


Texto de León Felipe

Hablando con mi amargo corazón,
más no aburrido como el peyote
que he comido me encuentro hoy.
Pensando en mi amor perdido,
en los días transcurridos sin razón;
deseando volver al nido, ese
que construimos bebiendo, fumando,
trabajando y agarrados de la mano
del ángel enamorado que nos unió.

Ahora con valor, tranquilo, sobrio y
sin permiso te digo amigo mío que me dolió.
No sé si recuperar mi libertad para
ver cual niño perdido tu falta de amor;
más también pienso que lo único y
más feliz en ese nido no era mi libertad,
sino los ojos cafés que me miraban al llegar
y me hacían sentir que no había nada en el mundo
que me faltara, teniendo un nido junto a tus labios,
tu cuerpo, tus ojos y tu amor.

Soledad en mi amargo corazón existe hoy,
por el amor que he perdido y te cuento yo;
que al sentir frió recuerdo tu suave mirar
que me proporciono calor.
¿Por qué la felicidad viene solo
acompañada de tu amor?
Por que mis compromisos
cumplidos me llenan de logros,
pero son tan vacíos como la cama
en que me encuentro metido
sin tus ojos bonitos que al mirarme
me quitaban el frió, me arrancaban el corazón,
lo guardaban entre su pecho y yo
simplemente dormía y dormía y dormía
y olvidaba la razón.

¡Y los que esperamos nada!
Vuelve al nido, al pinche pozo
donde estabas,
jugando a ser quien no eres
y jugando al ser y no eres;
por que razón eres quien no eres
y por que razón me dejas en la nada,
¿Por qué te fuiste corazón solitario?
¿Por qué mi amor es por ti un letargo?
que tu creaste por que fuimos.
¡Infieles!
¡Infieles los corazones rebeldes!;
a los amores sinceros nos apaciguan con TV,
con malas flores y de paso malos amores.

Hoy me decidí a ser libre por fin,
sin limites, sin tiempo, sin agendas,
inspirado por la luna y la calle siniestra.
Y los versos se resumen en leyendas cotidianas,
mas no en agendas ni placeres.
Solitarios en la luna,
en las pocas estrellas,
en cantares en versos,
en siniestros besos
de la arena pesada,
en alcohol y marihuana.

Me mataste y no quise morir,
encontré un lugar aquí,
en mi corazón él, la, sin razón,
en el pason que me di de alcohol
y que me hizo pasar esta sensación.
¡Tantos años!
Pareces tan madura,
pues al pensar que eras dura
no imagine imaginar que eras tu
quien te querías alejar.
Estoy borracho otra vez
recupero mi alma y quien va a caer.
Y ahora pinto un dedo con tinta que va a llover,
duele el tatuaje, que muera el amor,
que viva la libertad, el desierto, la selva
y este pinche lugar.


Por qué se pelearon los dos Ivanes


El día 7 de julio de 1810 dos hombres de honor y orgullo, respetados y admirados por la sociedad pero sobre todo inseparables amigos acudían ante el juzgado para levantar una denuncia el uno en contra del otro por una tontería. Iván Ivanovich acusaba a su amigo de proferir una mortal ofensa en contra de su honor, su nombre y su rango al haber hecho uso del apelativo “ganso” cuando se dirigía hacia él. Por su parte, Iván Nikiforovich culpaba a su compañero de no guardar los ayunos correspondientes en vísperas de la fiesta de San Felipe, de ser de un linaje dudoso y sobre todo un bribón que fue sorprendido merodeando por su hogar.

Tiempo atrás ambos Ivanes daban muestra de una extraordinaria amistad. Se ayudaban recíprocamente en todo cuanto fuese necesario. Eran un ejemplo de bondad y lealtad entre la gente del distrito de Mírgorod. No había lugar al que no fuesen juntos, parecía el uno la sombra del otro. Entonces, ¡que estos dos amigos se hubiesen peleado! ¿Pero es que ya no hay nada perdurable en este mundo? ¿Cómo fue posible que dos caballeros cortaran de un día a otro los lazos de su amistad?

 Por qué se pelearon los dos Ivanes es una conmovedora historia que nos habla de cómo por una insignificancia y un enorme orgullo estamos dispuestos a perder quizás lo más valioso que poseemos en el mundo. Con el extraordinario estilo de Nicolai Gógol (1809-1852) reflexionamos sobre la vigencia de los sentimientos y lo absurdo de la vida. Del como una amistad que pareciese eterna e inmutable se tambalea y cae al menor de los soplidos.

Recreando un impresionante cuadro a través de la prosa, la magnífica pluma de Gógol se convierte en pincel y cada letra que utiliza en un color diferente para darle vida al lienzo de su novela. Cada detalle y cada momento es fundamental para llegar de manera impaciente y temerosa al triste e inesperado desenlace de la obra.

“Nikolai Gogol triunfó con sus relatos sobre folclore ucraniano, escritos con ironía y con un leve surrealismo adelantado a su tiempo. En 1836 se exilió durante doce años de Rusia por diferencias con el gobierno. A su regreso alabó al gobierno que antes había criticado y sus antiguos admiradores le dieron la espalda. Enloqueció, anunció que escribir era inmoral y en 1852 quemó su último manuscrito. Pocos días después se dejaba morir de inanición”

Vasílievich, Nikolái Gógol, Por qué se pelearon los Ivanes, España, Ático de los libros, 2010, 96 p.

domingo, 13 de mayo de 2012

Tres granos de café


Hay joven, usted dirá que estoy loco, pero por lo que mis ojos vieron ayer  me doy cuenta de que la magia existe ¡verdad de Dios! ¿Llegó a conocer usted a  la hija de Don Eusebio? No cómo iba usted a conocerla si apenas va llegando al pueblo. Era una muchacha muy linda, quien se sentía disque tocada por la mismísima virgen María. Siempre tan bien arreglada, tan perfumada y con bastantes pretendientes la condenada, que dónde iba usted a saber que algún día podría fijarse en el hijo de Cándido, un pobre diablo que nació en los días de mal agüero.

Fíjese que todo comenzó hace un par de semanas cuando Anselmo se apareció por el pueblo. Se había ido disque a la capital a estudiar a un convento, o al menos era  lo que nos decía su padre siempre que andaba borracho; pero vaya usted a creerle, todos sabíamos que se avergonzaba de su propio hijo. Unos dicen que lo tenía amarrado en el monte y sólo le llevaba su comida de noche y muy de vez en cuando, otros tantos más decían que lo tenía aprisionado allá por el camino a San José, en las grutas encantadas, ¡y por el Santísimo Niño de Atocha que si están encantadas! Pero esa ya es otra historia que luego le cuento.

 En fin, como le venía diciendo; mucho se hablaba en el pueblo de  Cándido y su hijo Anselmo, desde que nació, la partera se encargó de dar la noticia de la fealdad del chamaco y a los pocos días la casa del pobre Cándido se vio atiborrada de un sin número curiosos, inclusive el señor cura, el gobernador y su señora fueron a ver con sus  propios ojos la desgracia de la criatura, esto se lo digo porque yo lo vi, nadie me lo contó, ¡yo estuve presente cuando asistieron.!

Pronto comenzaron las habladurías, los chismes y las supersticiones, y la muchedumbre tan ignorante veía en el niño una clara señal de desgracia para el pueblo entero; no faltó quien dijera que la deformidad del chamaco era un castigo divino por los vicios del padre, y figúrese que inclusive llegué a escuchar como afirmaba la gente tan desalmada que el bebé había nacido así, disque porque Mercedes, su madre, en realidad era la hermana de Cándido, ¡hágame usted el favor! Lo que es no tener nada que hacer y andar metiéndose en la vida privada del prójimo.

Pues le cuento que entre tanto chismerío la madre de Anselmo desapareció de la noche a la mañana cuando aún tenía pocas semanas de haber nacido el niño, si no es por Doña Rita –que Dios la tenga en su santísima Gloria- quién se apiado de la criatura para terminar de darle pecho segurito que se nos muere de hambre, y más porque Cándido, abandonado por su mujer, se la pasaba embriagándose en la cantina día con día.

Así creció el pobre de Anselmo, entre  burlas, hambres y privaciones. Cuando llegó a ser un adolecente el único consuelo que tenía -Doña Rita- murió disque envenenada. ¡Huy joven ya sabrá usted el arguende que se hizo! fue entonces cuando Cándido, presa de las habladurías de la gente encerró bajo llave a su propio hijo y se encargó de difundir la noticia de que se había ido a la capital a estudiar a un convento. Al principio todo el pueblo le creyó, sin embargo después de estar merodeando unos cuantos días por su casa juro por mi madrecita linda que vi al chamaco más de una vez encerrado en un pequeño cuarto. ¡No lo tenían amarrado en el monte ni muchos menos preso en las grutas encantadas como decía la gente ignorante!

Sucedió que una tarde de hace como tres semanas cuando venía de las labores del campo me encontré a Anselmo cerca del puente Ixtla, andaba como que con la mirada perdida sabe, pobre muchacho, después de estar tanto tiempo encerrado hasta yo estaría en las mismas condiciones. Hubo estado unos cinco minutos más así cuando de pronto se dirigió rumbo al centro del pueblo, a su camino toda la gente lo miraba asombrada, parecía que habían visto un muerto. Yo desde lo lejos escuchaba todo tipo de comentarios y de injurias que le hacían. Cuando hubo llegado a la plaza San Cristóbal se encontró con la señorita Rosa, la hija del ladino Don Eusebio. ¡Hubiera visto la cara que puso Anselmo! De inmediato quedó enamorado de la muchacha, sin embargo el amor al que aspiraba era demasiado grande, usted sabe, sin dinero y sobre todo con la fealdad que se cargaba, el pobre infeliz estaba condenado a pasar el resto de su vida sólo. Sin embargo tuvo coraje e intento acercársele, pero con desdén la señorita Rosa lo rechazó una y otra vez, ¡y no era para menos!

Así pasaron que será, cosa de cuatro o cinco días, cada mañana Anselmo llevaba a casa de su enamorada flores frescas, pero de ella ni sus luces, nadie se molestaba siquiera en salir a correrlo. Día tras día, toda la semana entera se le miraba parado fuera de su domicilio. Daba tanta lastima verlo así, toda la gente se burlaba a sus espaldas. Su padre ahogado de alcohol en la cantina optó por ya no hacer nada, pero Don Eusebio, una vez que se le hubo agotado la paciencia salió a echarlo de su propiedad a punta de cañonazos.

A esas alturas del partido una persona sensata, común y corriente hubiera entendido que jamás una hermosa mujer como la señorita Rosa podría fijarse en un tipo como Anselmo, sin embargo él no era una persona sensata ni mucho menos común y corriente, y tras desaparecer un par de semanas regresó al pueblo para llevarse lo que más quería.

Durante las semanas que estuvo ausente fue como si se lo hubiera tragado la tierra, nadie sabía dar razón de él. Su propio padre inclusive, ya de piel amarilla y ojos hinchados ignoraba el paradero de su hijo. Sin embargo yo hace como tres noches que volvía de beber licor juraría haberlo visto enterrando no sé qué cosa en la entrada del campo santo, pero por mi estado de ebriedad no le di mucha importancia, pero todo cambio el día de ayer. Fue alrededor de las cuatro de la mañana que mi sueño se vio entorpecido a causa de los fuertes ladridos de los perros, atolondrado salí a ver si no andaba algún animal entre la milpa, pero nada, así como vino se fue lo que haya sido. Desde ese momento tuve como que un presentimiento, no sé si me entienda. Volví a acostarme pero me resultó imposible volver a dormir. Así estuve retorciéndome en mi cama como gusano hasta que como a eso de las siete de la mañana me fui rumbo al pueblo para ver qué es lo que sucedía, usted sabe, presentimientos son presentimientos.

¡Agárrese joven que aquí viene lo mejor!, cuál fue mi sorpresa y la de todos los que nos encontrábamos presentes al ver a Anselmo tomado de la mano de la señorita Rosa. Ella tan linda, tan hermosa, resaltaba aún más su belleza a lado de ese pobre diablo. Increíble fue el espectáculo que hicieron, todos los miraban, todos susurraban cosas entre sí. Al enterarse Don Eusebio de lo que estaba sucediendo se dirigió a toda prisa a encontrarse con su hija quién planeaba irse esa mañana a la capital con Anselmo, sin embargo nada pudo hacer para detenerla, ella se aferraba al brazo de su enamorado quien con machete en mano amenazaba con dar muerte a cualquiera que se les acercara. Todo sucedió tan rápido que en pocos minutos se perdió su silueta en el horizonte, tras de ellos se fue Eusebio implorando le devolviera a su hija. Todo fue tan extraño, tan repentino. Nadie daba crédito de lo que acababa de suceder.

Al regresar a mi casa -su casa- recordé que hacía dos noches me pareció ver a Anselmo enterrando algo a un lado del campo santo. A toda marcha y con pala en mano me dirigí al lugar en el que me pareció haberlo visto. Estuve inspeccionando el área cosa de veinte o treinta minutos hasta que encontré una pequeña cajita esmaltada en cuyo interior se hallaban tres granos de café y esta nota. Como vera, allí vienen todas las instrucciones y los materiales necesarios para que a cambio de un favor con el meritito diablo pueda usted conseguir a la mujer que quiera.

La misma tarde que hice el descubrimiento me dirigí al mercado a conseguir las velas, los listones y las agujas. Mañana a primera hora comenzaré a sacrificar un gallo por cada grano de café, y ya verá usted que si Dios le da licencia y se queda por el pueblo un par de días más, la próxima vez que me mire la mujer del gobernador será toditita mía.

miércoles, 9 de mayo de 2012

El mexicano



No había sonrisa en los labios de Felipe Rivera, ni cordialidad en sus ojos… Al contrario, eran como los ojos de una serpiente. Ardían como fuego helado, como dominados por una gran e intensa amargura. [Tal era lo que había dentro de su alma, si es verdad que a través de los ojos la podemos ver]

Jack London, El mexicano


La genialidad y la maestría de Jack London es simplemente maravillosa. Conocido por todos nosotros por sus narraciones extraordinarias: Colmillo blanco y El llamado de la selva, ahora llega a nuestras manos un relato lleno de intensidad y magnificencia en cada línea y en cada párrafo. Publicado por vez primera en agosto de 1911, El mexicano relata la vida de un misterioso personaje que debe boxear para llevar fondos a la Junta y así mantener en píe la causa revolucionaria.

Inspirado en el boxeador Joe Rivers, London le da vida a un púgil que no lucha por la fama ni mucho menos por la gloria sino por derrocar a toda costa al régimen porfirista.  Sus golpes están llenos de ira, de rencor; no ve frente a él a un oponente sino a cientos de indios explotados en las fincas cafetaleras o en las monterías selváticas. Dentro del ring observa a miles de trabajadores hambrientos y descoloridos y a lo lejos  ve a niños de siete u ocho años realizando agotadoras jornadas de trabajo por diez centavos al día; escucha en la campana los fusiles que escupen muerte y mira lleno de rabia a sus padres enterrados entre cientos de cadáveres más.

Rivera se ha enfrentado con varios, de ello dan muestra las cicatrices en su rostro y la dureza en sus nudillos; sin embargo ahora es diferente, su adversario es quién aspira al campeonato mundial y recurrirá a todo tipo de artimañas para conseguirlo. El desenlace de la pelea será también el desenlace social y psicológico de nuestro personaje.

La venganza y la sed de justicia son el hilo conductor en ésta obra la cual podemos consultar en su edición bilingüe a cargo de la editorial Colofón, o bien, podemos descargarla en versión PDF dando clic aquí